Con tanta agua se va desdibujando el perfil de las cosas y de las personas. Nos fluidificamos y la frontera que nos separa de la irrealidad se hace tenue y permeable. Sin darnos cuenta en cuanto bebemos una copa de más o nos frotamos los ojos por alguna basurilla atravesamos la membrana y no estamos más en la vieja ciudad sino en alguna otra parte, donde la lluvia agujerea el pavimento y en el cabello la humedad nos genera hongos verdi-negros. En esas circunstancias es posible que el amanecer no llegue a la hora prevista y que al doblar la esquina no encontremos la estación del metro. Con tanta agua se hacen pliegues en la realidad, el continuo espacio-tiempo se apelmaza y ante nuestros ojos asombrados podría incluso pasar el cortejo de Cleopatra y Julio César, camino de Elefantina. Tanta agua. Me palpo el cuello que me molesta y noto que se me han abierto branquias y que en el dorso de los brazos me han salido escamas. Por las vías pasan una góndola veneciana, una lancha rápida y un cabriolet montado sobre una balsa de troncos. Sobre el cabriolet una pequeña me hace adios con la manita blanca. En casa las paredes crían helechos y en techo se juntan los caracoles a susurrarse entre sí: no me dejan dormir pues por la noche se dedican a cantar una letanía dedicada al culto de la harina de garbanzo. No parece dejar de llover y ya no siento los huesos, se han licuado, entre sus poros se ha metido el agua y los ha convertido en cieno. Por tanto voy perdiendo la consistencia poco a poco, me convierto por momentos en un ser amorfo, temeroso de la sal. Me vuelvo incapaz de conmoverme por filosofía alguna.
lunes, 13 de abril de 2009
Irrealidad
Con tanta agua se va desdibujando el perfil de las cosas y de las personas. Nos fluidificamos y la frontera que nos separa de la irrealidad se hace tenue y permeable. Sin darnos cuenta en cuanto bebemos una copa de más o nos frotamos los ojos por alguna basurilla atravesamos la membrana y no estamos más en la vieja ciudad sino en alguna otra parte, donde la lluvia agujerea el pavimento y en el cabello la humedad nos genera hongos verdi-negros. En esas circunstancias es posible que el amanecer no llegue a la hora prevista y que al doblar la esquina no encontremos la estación del metro. Con tanta agua se hacen pliegues en la realidad, el continuo espacio-tiempo se apelmaza y ante nuestros ojos asombrados podría incluso pasar el cortejo de Cleopatra y Julio César, camino de Elefantina. Tanta agua. Me palpo el cuello que me molesta y noto que se me han abierto branquias y que en el dorso de los brazos me han salido escamas. Por las vías pasan una góndola veneciana, una lancha rápida y un cabriolet montado sobre una balsa de troncos. Sobre el cabriolet una pequeña me hace adios con la manita blanca. En casa las paredes crían helechos y en techo se juntan los caracoles a susurrarse entre sí: no me dejan dormir pues por la noche se dedican a cantar una letanía dedicada al culto de la harina de garbanzo. No parece dejar de llover y ya no siento los huesos, se han licuado, entre sus poros se ha metido el agua y los ha convertido en cieno. Por tanto voy perdiendo la consistencia poco a poco, me convierto por momentos en un ser amorfo, temeroso de la sal. Me vuelvo incapaz de conmoverme por filosofía alguna.
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